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Narrativas perversas (y 3): ficciones personales

narrativas perversas

“Contamos con demasiadas formas posibles de interpretar en nuestro favor los sucesos pasados” (Nassim Taleb)

Me atrevería a decir que la mayoría de las personas no solemos poner en duda la autenticidad de nuestros recuerdos. Por defecto, los consideramos experiencias reales y propias, archivadas minuciosamente por el disco duro de nuestro cerebro (por lo menos a mi me pasa, incluso en el caso de algunos recuerdos ciertamente lisérgicos de mi niñez en el barrio de La Sagrera y que bien podrían haber sido episodios soñados tras alguna cena demasiado pesada o escenas rodadas por algún cineasta a medio camino entre Fellini y José Antonio de la Loma).

Quizás por la importancia que personalmente he dado a muchos de esos recuerdos – todos, creo, tiramos de memorias para construir nuestra identidad, para explicarnos al mundo – me chocó y me gustó encontrarme hace poco con la afirmación de que las historias sobre nuestro pasado que solemos contarnos contienen en realidad una gran dosis de ficción. Tanto, que a veces incluso pueden pertenecer a otras personas.

La bomba imposible

Hace unos meses, el neurólogo Oliver Sacks publicó un artículo en The New York Review of Books llamado “Habla, memoria” en el que hablaba sobre este tema a raíz del descubrimiento de una incongruencia en su propia memoria autobiográfica: su hermano mayor le había hecho notar que algunos de sus recuerdos de niñez relacionados con los bombardeos nazis sobre Londres durante la Segunda Guerra Mundial eran totalmente falsos (pese a que podía recordar con pelos y señales como en dos ocasiones las bombas alemanas cayeron junto a su domicilio familiar, era imposible que recordara el segundo episodio, pues en aquel momento Sacks ya no se encontraba en Londres).

Fíate del álbum de fotos (y de poco más)

Partiendo de esa anécdota personal, Sacks cuestionaba en su artículo la “fiabilidad” de la memoria humana mediante un par de ideas básicas:

a) Los seres humanos construimos la narrativa de nuestros recuerdos no tanto a partir de aquello que realmente hemos vivido sino fundamentalmente a partir de aquello que nuestro cerebro ha asimilado en cada momento, una materia prima que tiene mucho que ver con el universo de la imaginación y de los sentidos.

“Una vez tal historia o recuerdo es construido y acompañado por una vívida imaginería sensorial y una fuerte emoción – dice – puede que no haya manera psicológica o neurológica de distinguir lo real de lo falso“.

En definitiva, tal es el impacto del aliño sensorial y emocional con el algunas historias ajenas llegan a nosotros (la Programación Neurolingüística sabe mucho de esto), que nuestra memoria puede llegar a “apropiarse” de esas vivencias para incorporarlas a nuestro archivo biográfico personal.

En el caso de los recuerdos de Oliver Sacks, algo así estaba pasando. Si el segundo de los bombardeos sobre Londres, que tan bien podía llegar a describir, no era un recuerdo suyo, quizás no fuera más que un relato robado de forma inconsciente a un coetáneo con (por decirlo de alguna manera) excelentes dotes de narración.

b) Nuestra memoria no es un duplicado del original, sino un verdadero acto de creación continuo, imaginativo e inexacto. En un especie de revisión constante, “recordamos la última vez que recordamos” y de modo inconsciente cambiamos la historia cada vez que la sacamos de la caja. Reinterpretamos, renarramos los sucesos del pasado. Ordenamos los giros dramáticos de nuestra vida en una serie causal de eventos encadenados. Y de ese modo los encajamos de forma narrativa en nuestra visión del mundo presente.

De ahí que – como señala el psicólogo Donald P.Spence – en el terreno de lo autobiográfico existan una “verdad histórica” y una “verdad narrativa” muy diferentes.

En cierto modo, fabricamos los recuerdos a nuestra conveniencia.

Ficciones personales

Aparte de Sacks, otros autores con los que me he encontrado recientemente hablan del mismo fenómeno. Nassim Taleb, en El cisne negro (libro del que hablé en mi último post) señala que “la narratividad puede afectar mucho al recuerdo de los sucesos pasados, y lo hace del modo siguiente: tenderemos a recordar con mayor facilidad aquellos hechos de nuestro pasado que encajen en una narración, mientras que tendemos a olvidar otros que no parece que desempeñen un papel causal en esa narración”.

Otra vez lo mismo: la idea de que vivimos en historias que nos sirven para validar nuestras creencias. De que elaboramos relatos sobre el pasado que apoyan quién creemos que somos y cómo nos comportamos.

Y de que quizás intentemos encontrar el sentido a nuestra vida, controlar lo incontrolable, a través de esas narrativas privadas que construimos día tras día.

Recuerdos para olvidar

Descubrir que el fondo de armario de tu memoria es tan poco fiable que puede estar repleto de prendas prestadas puede ser algo perturbador o frustrante. Aunque también puede ser liberador.

Nuestra memoria puede funcionar en ocasiones como otra de esas narrativas perversas que boicotean nuestro potencial.

Como un relato autocomplaciente que, a fuerza de girar en bucle, sirve para justificar ciertos inmovilismos y va limitando nuestra creatividad.

Así que, por qué no, puede merecer la pena perderle el respeto a nuestros recuerdos.

O por lo menos, como señala la escritora y psicoterapeuta Philippa Perry, practicar el desapego hacia ellos para descubrir que muchas veces “nuestro pensamiento pertenece a una historia vieja y diferente de la que estamos viviendo ahora”.

Creo que con la lata que nos da a veces el dichoso diálogo interno, la practica de ese distanciamiento es algo que quizás pueda ayudarnos a sacarle la lengua a ciertos fantasmas privados.

No es una misión sencilla (la mente es capaz de tomarle el pelo incluso al más eminente neurólogo). Pero cuando algún mal recuerdo nos de mucho el coñazo, siempre podremos pensar que esa historia no va con nosotros, que seguramente nos la contó alguien con (por decirlo de alguna manera) excelentes dotes de narración.

4 comentarios Escribe un comentario
  1. Teresa #

    Buena reflexión, que, por cierto, me sirve para la introducción a mi libro. Además, me anoto a los autores para acercarme a ellos.

    28 abril, 2015
    • ¡Gracias, qué bien que puedas sacarle partido!🙂

      28 abril, 2015
  2. Desde hace años, soy consciente – así me lo han hecho ver mi madre, mi esposa y muchos amigos- de que muchas de las historias autobiográficas (alias, recuerdos) que cuento son ficciones personales totales. Yo lo atribuía a errores de la memoria que me auguraban una vejez dispersa pero si le pasa a todo el mundo aún me quedo más tranquilo. Lo peor fue cuando mi primo, en su boda, me presenta a un amigo y le dice: “éste es Hèctor, el que tocaba la guitarra en el festival de teatro de Avignon. – ¿Eso te conté yo, primo? Pues no era un recuerdo, me temo que era una ficción personal”.
    Gracias Manel.

    13 julio, 2015
    • Jeje…Gracias a ti por el comentario, HAT, no te tenía por inventor de recuerdos…Aunque puestos a crearlos, lo de ser guitarrista en el festival de teatro de Avignon, por desconcertante, es absolutamente brillante. Si eso el miércoles, con unas cervezas, revisamos lo que nos hemos contado durante todos estos años…🙂

      13 julio, 2015

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