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Narrativas perversas (2): La trampa causal

narrativas perversas

En la universidad de Massachussets, uno puede especializarse en Ciencias de la Incertidumbre. En serio. Si no se está muy seguro de nada, quizás sea una carrera a tener en cuenta. Quién sabe.

El investigador libanés Nassim Taleb es uno de los profesores de la especialidad.

Pensador escéptico, ex corredor de bolsa, matemático y autor mediático, Taleb es el creador de la “teoría del cisne negro”.

La metáfora ornitológica sirve para explicar varias cosas, entre ellas la aparente incapacidad humana de concebir lo altamente improbable: cuando en el mundo aparece un “cisne negro” (un suceso raro e inesperado y de gran impacto), tendemos a buscarle una explicación que nunca contempla el azar como factor causal. Por el contrario, intentamos encajar ese hecho en algún patrón conocido.

Según el autor, ansiosos ante la falta de asidero racional, cogemos lo impredecible, lo insertamos en un modelo y de ese modo creemos transformarlo en un hecho más que vaticinar.

En una borrasca cualquiera.

Eduard Punset entrevistó a Nassim Taleb hace unos años en una edición del programa REDES dedicada a las reacciones humanas ante las situaciones inesperadas. Lo comparto a continuación por si os interesa una explicación más completa de la teoría.

No es el tema de la predicción de riesgos lo que me parece interesante de todo esto, sino el asunto de la búsqueda de explicaciones a posteriori y lo que eso parece decirnos sobre el instinto de simplificar y categorizar, sobre el irrefrenable deseo humano de crear historias.

“Nuestra mente es una magnífica máquina de explicación, capaz de dar sentido a casi todo, hábil para ensartar explicaciones para todo tipo de fenómenos, y generalmente incapaz de aceptar la idea de impredecibilidad”.

Lo que más me llama la atención de la teoría de Nassim Taleb es el concepto de“falacia narrativa”.

 “Tal falacia se asocia a nuestra vulnerabilidad a la interpretación exagerada y nuestra predilección por las historias compactas sobre las verdades desnudas, lo cual distorsiona gravemente nuestra representación mental del mundo; y es particularmente grave cuando se trata de un suceso raro”.

Incapaces de concebir un suceso sin su causa, necesitamos inventársela. Y siempre lo hacemos buscando en nuestro archivo de lo conocido. La trampa de la causalidad consiste en eso: nos encanta trazar líneas para unir causa y consecuencia en una misma historia, vieja y recurrente.

“La falacia narrativa se dirige a nuestra escasa capacidad de fijarnos en secuencias de hechos sin tejer una explicación o, lo que es igual, sin forzar un vínculo lógico, una flecha de relación entre ellos. Las explicaciones atan los hechos. Hacen que se puedan recordar mejor; ayudan a que tengan más sentido”.

Ese impulso tiene su base en nuestra biología. Nuestra mente tiene sus límites.

“La narratividad nace de una necesidad biológica innata conforme a la cual tendemos a reducir la dimensionalidad (…) La información quiere ser reducida”.

Así, buscamos patrones en nuestra experiencia. Cribamos a duras penas. Reducimos las dimensiones del mundo, elaboramos patrones imperfectos. Y confundimos actitudes. Sorpresa: nuestra habilidad teorizadora quizás esté algo sobrevalorada.

“No teorizar es un acto, y teorizar puede corresponder a la ausencia de actividad deseada, la “opción por defecto”. Se necesita un esfuerzo considerable para ver los hechos (y recordarlos) al tiempo que se suspende el juicio y se huye de las explicaciones”.

Cualquiera que haya intentado meditar alguna vez puede entender fácilmente que ese trastorno teorizador esté fuera de nuestro control. Es anatómico. El reto de la meditación tiene que ver con la tremenda dificultad de apartar el juicio de nuestra mirada. De experienciar y punto.

“Si intentamos ser auténticos escépticos respecto a nuestras interpretaciones nos sentiremos agotados enseguida”.

O.K, la búsqueda de modelos es innata. Necesaria para nuestra supervivencia. ¿Cuál es entonces el problema? ¿Por qué podría ser perversa una narrativa que en última instancia ayuda a nuestro cerebro a digerir el inmenso volumen de información al que se enfrenta a diario?

Quizás porque la tendencia a imponer una narrativa nos lleva en última instancia a reducir las dimensiones de nuestro mundo. A creer que es menos aleatorio de lo que realmente es.

“No somos lo bastante introspectivos para darnos cuenta de que comprendemos lo que pasa un poco menos de lo que garantizaría una observación desapasionada de nuestras experiencias”.

En definitiva, la perversidad de la pulsión narrativa es que causa una cierta miopía del vivir. Para bajar dioptrías, el autor propone una receta.

“La forma de evitar los males de la falacia narrativa es favorecer la experimentación sobre la narración, la experiencia sobre la historia y el conocimiento clínico sobre las teorías”.

Obvia y complicada, ¿no? Quizás mejor quedarse con un interrogante (la perdición de todo buen escéptico).

“Tal vez esto sea la auténtica confianza en uno mismo: la capacidad de observar el mundo sin necesidad de encontrar signos que halaguen el propio ego.”

 Pues eso. Tal vez.

Fotografía, con licencia Creative Commons, de la galería de Ed Dunens en Flickr.

 

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