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Narrativas perversas (1): Los atajos creativos

narrativas perversas

“No hay ideologías, no hay programas, no hay ni siquiera, como declaró Pablo Iglesias en Vall d’Hebron, promesas ¿Entonces qué hay? Hay una narrativa. Hay una historia digerible, un mensaje breve —tuiteable— y un llamamiento a las emociones”. John Carlin.

La palabra “narrativa” se ha convertido en término de uso recurrente en el ámbito del periodismo. Con pocos días de diferencia me he encontrado en la prensa con un artículo de BBC news, que habla de la necesidad de parar el flujo de reclutas del IS poniendo como condición primordial para ello aplacar “la narrativa subyacente” a esa captación, y con una serie de tres artículos de John Carlin en El País en los que analiza el fenómeno Podemos haciendo referencia constante a la “vendedora narrativa” del partido de Pablo Iglesias. Este uso periodístico del término “narrativa” lo libera de su tradicional asociación con lo literario y lo implica en el devenir del mundo real otorgándole el poder que realmente tiene: una determinada narrativa – o historia, o mito, o cuento chino – bien hilvanada y comunicada, puede cambiar el estado de las cosas, poniendo en movimiento a los individuos en pro de un determinado objetivo (sea cual sea, inclusive si implica rebanar pescuezos de vez en cuando o volarse por los aires en un vagón de tren de buena mañana).

Esto es así desde el inicio del los tiempos: las historias son un buen remedio para la ansiedad que nos provoca la complejidad del día a día. Nos ofrecen asideros frente los vaivenes del azar. Y nos sirven para apuntalar torpemente los frágiles cimientos de ese “mundo líquido” del que tanto habla Baumann (que me temo que no es más que el mundo, puro, tal y como es). Dan un sentido. Un propósito. Y, a partir de ahí, nos ponen en marcha.

En cierto modo, en la estructura narrativa clásica está implícita la acción, el movimiento hacia la consecución de objetivos. A poca gente le interesan las historias de héroes que no hacen nada para superar los obstáculos que se les presentan en el camino. Es por lo que creo en la narrativa como herramienta terapéutica. No solo como medio para asimilar conceptos o comprender actitudes humanas. No solo como vehículo para exteriorizar mundos interiores. Sino sobretodo como andamiaje sobre el que construir futuro. Como inspiración para entender que merece la pena ponerse en movimiento después del quiebre del primer acto. Como combustible para afrontar los giros del segundo acto con determinación y caminar hacia el mejor desenlace. No obstante, la necesidad humana de historias tiene su lado oscuro. Hay narrativas un pelín perversas.

Es el caso de los relatos que funcionan como “atajos creativos”, esos mitos que nos proporcionan a los que estamos interesados en el mundo de la expresión artística o la creación en alguna de sus vertientes una especie de “vía rápida para el éxito”, haciéndonos creer que el secreto de ciertos personajes que admiramos no está en su sensibilidad o en el trabajo duro, sino básicamente en aspectos superficiales y llamativos de su estilo de vida.

En el campo del arte esas historias son usuales. Está por ejemplo la asociación entre consumo de drogas y creatividad, un asunto antiguo que sigue generando debate, como si diera pereza entender que si bien son temas que pueden ir relacionados, una cosa no es condición para la otra (gracias a ese mito, en la década de los 50 toda una generación de músicos de Jazz acabó enganchada a la heroína porque un grande del género como Charlie Parker lo estuvo. Una narrativa perversa transmitió la idea de que en el consumo de una substancia y en la adopción de un estilo de vida estaba la clave del talento y el éxito musical. Lo mejor de todo es que el mito no afectó sólo a los músicos sino también a gente en principio más preparada para entender los entresijos de la mente humana. El saxofonista Gerry Mulligan explica en su autobiografía que Bill Haber, el psiquiatra que lo ayudó a desengancharse de la heroína en esa época “tenía dudas sobre tratar a una persona creativa porque uno de los miedos de los psiquiatras era que si hurgaban en los problemas emocionales de las personas creativas, podían curarlos de su creatividad, y no querían ser responsables de eso”. Mister Haber,todo un psiquiatra”, consideraba que los problemas emocionales eran una fuente de creatividad, quizás la primordial. En cierto modo, no era más que otra víctima de la misma narrativa que muy probablemente llevó a Mulligan y a muchos de sus contemporáneos a consumir drogas duras).

También el mundo de los negocios tecnológicos tiene su propia “narrativa perversa”. La recurrente historia del multimillonario filántropo que empezó su carrera trabajando día y noche en el garaje de sus padres, a base de café y comida basura, puede hacernos creer que la clave del éxito empresarial está en atiborrarse de donuts o en compartir espacio de trabajo con un coche o una tabla de planchar. El mito de Steve Jobs, apóstol de la creatividad empresarial, pariendo ideas revolucionarias en el inquietante vacío de su apartamento minimalista, parece que ha hecho entender a algunos que la fertilidad de ideas está inversamente relacionada con la presencia de mobiliario en el hogar (suena estúpido, pero casos como el del fundador de la compañía de pago electrónico Jack Dorsey, que ha llegado a copiar a Steve Jobs hasta niveles absurdos – plagiando su indumentaria y su lenguaje – sin de momento haber conseguido brillar ni la mitad que el fundador de Apple en el terreno de la creatividad y los negocios, demuestran el inmenso poder de esa narrativa. Si os interesa ampliar información sobre esta historia, recomiendo este artículo de Business Insider http://www.businessinsider.com/jack-dorsey-is-not-steve-jobs-2014-11).

En definitiva, los atajos creativos son leyendas sobre lo superficial que, como dice este interesante artículo del blog 99U “crean una cultura y una mitología alrededor de cierto comportamiento que tiene poco que ver con el éxito de la persona que lo practica”. Historias prefabricadas y confortables. Relatos inspiradores que hacen que nos “pongamos en situación”. Pero que tomadas demasiado al pie de la letra hacen que olvidemos lo que nos es genuino (mal asunto para quien pretenda crear algo único), y que a menudo nos llevan a marear la perdiz más de lo necesario (mal asunto para quien pretenda, simplemente, crear).

Foto con licencia CC de la galería de Flicker de Ard van der Leeuw.

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