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La máquina del tiempo

Sabates mini

Un poco por reciclar nostalgias y herencias familiares, otro poco por experimentar con hibridaciones tecnológicas, no hace mucho compré un artilugio que me ha servido para instalar el objetivo de 50mm. de una Olympus OM-1 analógica de mediados de los 80 en mi réflex digital Canon. Pese a que había visto algunos tutoriales por ahí, no tenía demasiada confianza en las consecuencias del mestizaje cacharril y aunque de momento el resultado en foto no me acaba de convencer – acepto deportivamente la  hipótesis de que como yo no soy precisamente Cartier-Bresson el problema seguramente sea mío y no de la óptica-, he encontrado que grabando vídeo el viejo Zuiko 50mm f/1.8 da una calidad realmente buena y una imagen con mucho carácter.

Pero, más allá de aspectos técnicos o estéticos, lo que más me ha llamado la atención del asunto es volver a disparar fotos con un objetivo que nunca da la opción de enfocar automáticamente y comprobar lo mucho que ese simple hecho modifica la experiencia fotográfica. Pese a que la máquina da una señal de confirmación, el enfoque nunca parece ser preciso del todo (más cuando intentas tirar fotos a pulso en el museo de la miniatura de Besalú…), y el proceso se ralentiza y pide mucha más atención por parte del fotógrafo. De repente, disparar con una DSLR se transforma en una experiencia “slow” que saborear, precisamente lo contrario de lo que se supone que debería ser en estos tiempos en que rapidez y cantidad son indicadores de poderío y vanguardia tecnológica.

Me parece que así como la cámara fotográfica es una máquina del tiempo, que usamos para viajar a los lugares de nuestra memoria, la fotografía como proceso es en si una experiencia temporal. Y creo que el afán por congelar el devenir cada vez más, mejor y más rápido nos está alejando de un presente que ya mientras retratamos estamos desvalorizando y relegando al olvido.

Como leí que decía el artista Daniel Canogar hace poco en una entrevista en El País, “la fotografía en sus orígenes fue una especie de asistencia a la memoria, como una forma de intentar evitar el olvido; ahora es todo lo contrario, la fotografía ayuda al olvido y a una amnesia colectiva, que yo entiendo que es extremadamente peligrosa. Tenemos que recordar siempre de dónde venimos para saber adónde vamos”.

Yo he recordado ese lugar gracias a un “experimento friki de hibridación tecnológica”. Y quién sabe. Si me aficiono a usar sistemas mestizos, quizás  paladee mejor la práctica fotográfica. Quizás dispare menos fotos. Y quizás así vuelva a darles el valor que se merecen.

  1. teresa #

    ¡Ay, la cámara Olimpus! Uno de los mayores placeres: una mirada a las cosas, el encuadre, la luz, el pulso… Eso sí era hacer una foto y no las masas de turistas con el móvil disparando sin ton ni son. Que te aproveche.

    11 noviembre, 2012

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