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¿Expuestos? Sobre el estrés en la gestión de la identidad digital

“Los sistemas de información necesitan información para ejecutarse, pero la información representa la realidad de forma insuficiente”. Jaron Lanier

Me da la sensación, por conversaciones que voy teniendo con gente de mi entorno, que uno de los temas más recurrentes entre algunos “inmigrantes digitales” es la dificultad de gestionar una identidad cibernética, no tanto en el sentido de no poder o saber plasmarla como en el de sentirnos algo incómodos con la exposición de nosotros mismos en la red. Los medios sociales no sólo nos animan a interactuar sino que nos piden que nos definamos, nos posicionemos y nos diferenciemos. Es todo un ejercicio de branding personal al que muchos no estamos acostumbrados. Esa sensación de engorro puede acentuarse cuando somos profesionales en reciclaje o transición que optamos por abrir perfiles en redes de networking o empezar a escribir un blog, ya que todos nuestros aprendizajes y avances se traducen en cambios o matices que se van incorporando a ese autorretrato online, convirtiendo a nuestra marca personal en algo muy variable y que puede parecernos poco consistente. La idea de estar “mostrando al mundo” una imagen excesivamente voluble a menudo puede irritarnos y hacernos vivir nuestro proceso de cambio con un estrés añadido: en la red, nuestras debilidades son públicas, nuestra arquitectura de marca caótica y, para colmo, los testigos son anónimos. En este sentido, hay varias cosas que me parece importante tener en cuenta si queremos llevar bien ese proceso:

1.- Nadie está al otro lado constantemente

El paso del anonimato “absoluto” offline a la exposición en varios medios sociales y una intensa vida de relaciones online puede llevarnos a pensar que estamos siendo monitorizados constantemente. Ahí creo que merece la pena aplicarse un tópico pero sabio principio: en realidad no somos tan importantes. Nadie está pendiente de nosotros todo el tiempo, ni siquiera en Internet.

2.- Somos algo más que software

Como dice Jaron Lanier en su libro “Contra el rebaño digital”, nuestras identidades digitales están excesivamente definidas y limitadas en la práctica a lo que se puede representar en un ordenador.  La web 2.0 exige que las personas se definan limitándose. Encajonados en las posibilidades del software, las personas se ven obligadas a ofrecer tan sólo fragmentos de sí mismos. Si tenemos claro ese hecho y confiamos en que nuestro entorno sepa entenderlo también, evitaremos caer en el error de creer que los demás puedan estar percibiendo ese fragmento como la “totalidad”. Eso nos ayuda a no sentir que estamos traicionando a las “otras partes” de nosotros.

3.-  No existe  una “versión real e inamovible” de nosotros

Para evitar caer en disquisiciones acerca de lo “real” o “irreal” de nuestra vida digital me parece interesante considerar el enfoque que ofrece el sociólogo Zygmunt Bauman en su libro “Identidad”. En respuesta a una pregunta del crítico cultural italiano Benedetto Vecchi sobre la posibilidad que ofrece Internet de crear “identidades falsas”, Bauman responde:

“En nuestro mundo fluido, comprometerse con una sola identidad para toda la vida, o incluso menos que para toda una vida, aunque sea por un largo tiempo aún por venir, es arriesgado. Las identidades están para vestirlas y mostrarlas, no para quedarse con ellas y guardarlas […]. Pero si es ésta la situación en la que todos nosotros tenemos que atender a nuestros asuntos cotidianos, nos guste o no, es poco aconsejable echar la culpa a los aparatos electrónicos, como a los grupos de chateo de Internet o a las “redes” de los teléfonos móviles, por este estado de cosas. Es más bien al revés: precisamente porque nos vemos eternamente obligados a dar nuevos giros y a moldear nuestras identidades, y porque no se nos permite ceñirnos a una identidad por mucho que lo deseemos, esos instrumentos electrónicos nos vienen bien, de ahí que hayan encontrado millones de adeptos entusiastas. Usted dice “identidades falsas” … pero sólo puede decirlo si supone que existe algo parecido a una “identidad de verdad” única”.

Creo que la última frase de Bauman es bastante definitiva. Probablemente el quid de toda esta cuestión no sea nuestra presencia o no en las redes sociales, ni nuestra exposición pública, sino la idea ilusoria de que en algún lugar existe un punto de llegada, en el que por fin podremos tener una identidad sólida e invariable.

Foto, con licencia CC: Ben Fredericson 

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