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Crónica de un twittercidio anunciado

Qué queréis que os diga. Me va el drama y no lo he podido evitar. He traducido el artículo “Confessions of a Tweeter” (“Confesiones de un twittero”) que publicó hace unos días en el New York Times. Es la crónica de la adicción a Twitter del escritor y editor Larry Carlat, una história tan patética que parece una caricatura, aunque…es real. Y aunque esté un  poco pasada de rosca no está mal para los que somos nuevos en esto de las redes sociales y andamos un poco estresados: a veces no está de más que nos recuerden que, a la hora de acostarse, conviene apagar el Iphone y, después, las luces. En ese orden. Os dejo con el artículo.

Confesiones de un twittero, por Larry Carlat

Empezó el 25 de junio de 2008: “Probando, probando. ¿Funciona?” Mi primer tweet. Comencé intentando hacer reír a un par de amigos. No tenía ni idea de lo rápido que twittear me iba a consumir.

Antes de eso yo posteaba entre 20 y 30 veces al día, siete días a la semana. Algunos de mis posts eran divertidos, otros tristes, otros vagamente existenciales – “Vivir felizmente desde entonces me está matando” – algunos sensuales, otros obscenos. Posteé diariamente durante tres años con una única excepción – el día en que mi suegro murió. Finalmente, atraje 25.000 seguidores. No está mal para alguien que no es famoso.

Pronto toda mi vida empezó a girar alrededor del twitteo. Dejé de leer, raramente escuchaba música o veía de la televisión.  Cuando salía con amigos, me metía en el baño con el IPhone. Twitteaba mientras conducía, entre sets en el tenis, incluso en el cine (“Me encanta cogerte de la mano en la oscuridad”). Cuando no estaba en Twitter, componía falsos aforismos que podría usar más tarde. Empecé a hablar de esa manera, también. Sonaba a una mezcla entre  una instalación de Barbara Kruger y una galleta de la fortuna. Posteaba cada hora a la hora, día y noche, usando un sitio web que me permitía twittear mientras dormía.

Era una obsesión. Y como la mayoría de las obsesiones, nada bueno salió de ella.

Ocho meses después de empezar a twittear, me echaron de mi trabajo en la industria musical. Buscar trabajo en un momento tan malo para la economía fue brutal. Pasó casi un año hasta que aterricé en una revista para público masculino. Antes de empezar, quité mi nombre de Twitter y lo reemplacé por mis iniciales, L.C.

Una mañana, un par de meses después, el jefe entró en mi despacho. “Tenemos que hablar sobre tu Twitter,” dijo.

“Claro,” dije. “¿Qué pasa?” Él me dijo que alguien en H.R. había dado con mis tweets y que estaba atónito. (Por lo que parece, la habilidad para confeccionar bromas anatómicas crudas no es lo que la América corporativa busca en los nuevos empleados.) Mis tweets suponían una clara violación de la política de medios sociales de la empresa. Tuve que elegir: borrar mi cuenta  o marcharme. Sintiendo que mis días estaban contados y sin estar muy convencido de aquel trabajo, elegí irme.

Estar sin empleo fue aun más duro la segunda vez. Por otro lado, tenía más tiempo para twittear. ¿Qué saqué de aquello? Desde luego ni fortuna ni fama — en Twitter yo era, para la mayoría, anónimo. Pero para mi, cada tweet era una  actuación. Como escribió John Updike, “Ningún acto es tan privado como para no buscar el aplauso.”

Sobre un mes después de dejar el trabajo, me separé de mi mujer y me mudé de nuestra casa en Long Island a un apartamento en Park Slope. Una mañana, en un arranque, escribí algo como “hubiera recibido un balazo por mi mujer, pero ahora preferiría apretar el gatillo.” Para mi era solo una broma. Para mi hijo era una turbadora observación acerca de alguien que ambos amábamos. Amenazó con dejar de seguirme en Twitter. Borré mi tweet inmediatamente.

En esa época, quizás no por pura coincidencia, mi hábito pasó de ser algo ligero a convertirse en una carga. En vez de twittear para reflejar mi vida, twittear se había convertido en mi vida. Empecé a pensar seriamente en dejarlo.

Re-twitteé algunas de mis viejas publicaciones, diciéndome a mi mismo que parecerían nuevas para mi ahora mucho mayor audiencia. La verdad era que la auto-imposición de twittear constantemente — y de que cada post tuviera chispa o sentimiento real — me agotó. Estaba quemado.

Finalmente cometí “Twittercidio” hace un mes. Algunos de mis seguidores me pidieron que reconsiderara mi decisión, y el diluvio de afecto y buenos deseos se parecían un poco al final de “¡Qué bello es vivir!” Pero yo sabía que era el momento de volver a mi propia vida.

¿Tengo aún la necesidad imperiosa de twittear? ¿Continúo componiendo tweets en mi cabeza? ¿Echo de menos a mis amigos de Twitter? Claro. Pero el inmenso peso de la compulsión se ha aligerado. Ahora, antes de irme a dormir, apago el Iphone antes de apagar las luces. Cuando me levanto por la mañana, mi primer pensamiento es hacer café, no teclear “Alguien ha puesto optimismo en mi café esta mañana y yo lo he escupido.”

En mi último tweet, animé a todo el mundo a seguir a mi hijo. Con suerte, también sabrá cuando parar. Él es muy divertido. Y será aún más divertido cuando crezca y entristezca.

Enlace al artículo original.

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