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El gran salto de Silver Ray

Silver Ray, el salto sin fin...

Silver Ray era un galgo urbanita, un poco pijo y amante del art-decó. Un buen día sus dueños lo llevaron de vacaciones a Nueva York. Silver no cabía en sí de contento. Atravesó el océano en avión, lamió a un poli gordo de aduanas, le echó una carrera a un taxi amarillo, meó en una boca de riego como la de las pelis, comió restos de Pretzel pisado en Madison Avenue, hizo la croqueta en Central Park…Aquello era un paraíso para un galgo urbanita y un poco pijo. Solo le faltaba una cosa: el art-decó. Y entonces, una mañana, sus dueños lo llevaron al Empire State Building. ¡Guau! Silver Ray no podía creerlo… ¡Por fin iba a poder ver reflejadas sus costillas en los mármoles de aquel edificio mítico! Aquello parecía un sueño, pero al entrar al rascacielos, un señor con gorra se acercó a ellos con cara de pocos amigos. Señalándolo a él, les dijo algo a sus dueños. Estos miraron a Silver Ray con cara de pena y empezaron a enfilar el camino de la salida. Silver no daba crédito. Los habían echado del Empire State Building. ¿Para eso había atravesado el Atlántico metido en un transportín? ¡Intolerable! Silver quiso resistirse echándose al suelo, pero su dueño tiraba fuerte de la correa y su escuálido cuerpo resbalaba con facilidad sobre el mármol resplandeciente del hall. Y entonces un grupo de jóvenes turistas entró atropelladamente en el edificio y al ver a Silver corrieron a tocarlo y a hacerle arrumacos y su dueño se relajó y entonces Silver, que no iba a darse por vencido con tanta facilidad, aprovechó para salir al sprint con todas sus fuerzas hacia el interior del edificio. Su dueño, desprevenido, no pudo retenerle y Silver Ray se dirigió como un rayo, que por algo se llamaba Ray, hacia los tornos de acceso a los ascensores y, confiado, dio un salto magnífico para sortearlos por el aire. ¡Por fin estoy dentro!, pensó mientras volaba. Pero Silver Ray no contaba con los sistema de seguridad del Empire State Building. No contaba con el infalible sistema M.E.C.A.G.O. (Mecanismo-Estadounidense-Congelador-Anti-Galgos-Ocurrentes). Y justo cuando estaba en el cénit de su parábola, Silver notó un cosquilleo extraño y su intuición de perro le dijo que aquello era el fin de su carrera como galgo-común. En efecto: todos los presentes se quedaron atónitos al ver como Silver Ray era congelado en el aire por el M.E.C.A.G.O. y como caía al suelo rebotando sobre el mármol con un tintineo metálico, reducido a una milésima parte de su tamaño. El algoritmo aleatorio y algo absurdo de morfologización-congelada del M.E.C.A.G.O. había convertido a Silver Ray en un colgante de plata. Era, eso si, un precioso colgante art-decó.

2 comentarios Escribe un comentario
  1. ivonen #

    manolen, ese arte!
    si Salinger hubiera salido de su casa antes de morir,
    seguro que te invitaba a tomar un pacharán

    6 junio, 2011
    • Gracias, Ivonen. Suerte que en el mundo aún queda gente como tu con teología, geometría, decencia y buen gusto. Un abrazo.

      6 junio, 2011

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